Cuadernos de viaje

Impresiones de aquí y de allá... pero más de aquí.

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Los límites de la broma


“Pero, ¿por qué te enojas, si es broma?”

Solemos hacer bromas sobre distintas cosas. Sin embargo, existen contextos en los que las bromas dejan de ser tales y se convierten en un problema.

¿Por qué?

Las bromas, como los juegos, se llevan a cabo en un espacio determinado: quienes participan de la broma conocen los límites dentro de los cuales se puede bromear: los temas, circunstancias y condiciones en los cuales pueden jugarse bromas.

Fuera de este espacio determinado, todo cae en el terreno de lo serio o de lo neutro: temas que, al no tener nada de especial, no suscitarían bromas en general, o temas cuya gravedad impide tajantemente los juegos.

Sin embargo, los límites entre lo serio y la broma (o entre lo serio y el juego) son difusos y subjetivos: habrá temas considerados gravísimos por algunas personas, quienes no bromearían sobre ellos ni en sueños, que serán motivo de hilaridad y chanza entre otros. Dado que los límites son móviles, algunas personas pueden infringirlos sin darse cuenta y sin intención; una transgresión deliberada, más que una [mala] broma, sería una provocación.

Así, supongamos, por ejemplo, que estamos bromeando con alguien sobre, digamos, nuestra apariencia. La propia apariencia siempre es un tema delicado para cada uno de nosotros, sin embargo, reconocemos que hay un pequeño umbral en el que aceptamos bromas por parte de ciertas personas.

En este caso, la persona con la que bromeamos podría traspasar ese umbral de seguridad, trasponer los límites del terreno de la broma (donde permitimos que critiquen nuestra apariencia) y llegar a los linderos de lo serio (donde golpearemos a cada persona que diga algo que no nos guste de nosotros).

Este traspaso en los límites se debería a que la persona no conoce adecuadamente nuestro umbral de tolerancia, por lo que haría algún comentario que, siendo broma para ella, cae en el terreno de lo serio para nosotros.

Aún si por el contexto de la conversaciones entendemos que es una broma, lo dicho no podrá dejar de molestarnos: hemos sido tocados en nuestras fibras más sensibles.

Nuestra incomodidad, llevaría a la persona a notar que ha traspasado los límites de la broma, es decir, que se ha metido en un problema o que está a punto de hacerlo, y esta experiencia le ayudará a conocer nuestro umbral de tolerancia, los límites de nuestro espacio destinado a bromas, para que, en un futuro, pueda bromear con mayor seguridad.

Si la persona no es precisamente sensible, podría continuar la broma aún cuando haya traspasado el límite de tolerancia; en ese caso, nuestra incomodidad crecerá, dando lugar a la escena del principio: “Pero, ¿por qué te enojas si es broma?”

Bueno, ahora ya tienen una alternativa a los golpes para responderle.

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“Nada” o el chantaje de la culpa

Se había comentado el funcionamiento paradójico del diálogo “A: ¿Que tienes? B: Nada”.

En condiciones ideales, A se sentirá preocupado por el estado de B, cuyo comportamiento indicaría que está atravesando por un momento emocional o psicológico negativo, y preguntará a éste qué le sucede en un intento por mejorar la situación; sin embargo, B tendería a negar su estado con el objetivo de no preocupar a A.

Esto tiene como resultado que A caiga en un dilema paradójico: si le pregunta a B qué le pasa, se topará con que éste tiene una actitud evasiva que le impide ayudar y que sólo lo preocupará más; por el contrario, si decide no preguntar y hacer como que no pasa nada, se preocupará y se verá también impedido para ayudar.

Sin importar qué opción se elija, el dilema sólo puede tener consecuencias negativas para ambos interlocutores.

Sin embargo, como se mencionó, esto sólo sucede en condiciones ideales, donde tanto A como B se preocupan el uno por el otro. No obstante, existe otro contexto, muy similar en la forma pero distinto en las intenciones y el funcionamiento: el chantaje.

En el chantaje, B presionará a A de alguna manera para que actúe según su deseo. ¿Cómo cambia esto las cosas?

A notará que B presenta un comportamiento que delata un estado psicológico o emocional negativo, por lo que preguntará “¿qué tienes?”. B, por su parte, respondería “Nada” con la única intención de mantener la preocupación y desazón de A, de hacerlo caer en la paradoja: si actúa como si nada dejando las cosas como están, malo; si pregunta algo con la intención de mejorar la situación, malo.

Si en condiciones ideales B pretendía no preocupar a A, aun si su decisión obtenía lo contrario, en este caso B pretende precisamente lo opuesto: preocupar a A, y para ello toma la decisión correcta.

¿Qué tiene esto como resultado? A empezará a generar preocupación y culpa (pues concibe que B atraviesa un momento negativo debido a él), las cuales serán aprovechadas por B para pedirle algo: el objetivo es hacer sentir a A lo suficientemente mal como para que acepte cumplir los caprichos de B.

Y es de aquí de donde viene el chiste (ni tan chiste) de que cuando una mujer dice que no le pasa nada, en realidad le pasan muchas cosas. Así es, le pasan tantas cosas, tan terribles, que quien esté a su lado tendrá que esforzarse demasiado en complacerla, cumplir sus caprichos y, en general, acceder a una serie de cosas a las que no accedería en condiciones normales… Claro que esto puede aplicarse a cualquier persona, y es sin duda injusto hacerlo sólo a las mujeres.

Puede pensarse (y con razón) que el chantaje es el uso más común del diálogo “A: ¿Qué tienes? B: Nada”: B seguirá una estrategia emocional que terminará presionando a A a actuar según su deseo.

(La única salida sería que A actuara como si no le importara y que en realidad no le importara. Sin embargo, en ese caso, no existiría ningún vínculo cercano entre los interlocutores, por lo que es probable que la pregunta “¿Qué tienes?”, iniciadora del diálogo, ni siquiera tuviera lugar).

Cuando este diálogo se lleva a cabo en condiciones ideales (sin chantaje de por medio), existe una solución: pedirle al interlocutor que sea franco, de tal modo que explique lo que le sucede desde el principio, lo cual rompería el dilema paradójico y ambos interlocutores podría llevar a cabo una comunicación que les ayudaría a resolver los problemas y a avanzar.

No obstante, en este caso, el del chantaje, es casi imposible hacer nada: el dilema paradójico no está establecido por accidente (una buena intención con una mala realización), sino a propósito.

En el primer caso, se le pude pedir al interlocutor sinceridad, sin embargo, con la gente que utiliza el chantaje… bueno, ya saben cómo es esa gente.

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“Nada” o la paradoja de la negación

―¿Qué tienes?

―Nada…

No, nada más común que el diálogo anterior. “Nada” en general suele denotar un vacío, una ausencia de cosas o estados, sin embargo, todos somos conscientes de que en el contexto anterior es una palabra pletórica de contenido.

Antes de tocar los problemas que encierra el diálogo anterior, habrá que mencionar primero cómo es que se produce.

Primero, lo evidente: A (quien pregunta) cuestiona a B (quien responde) sobre su estado, seguramente, psicológico o emocional. Hay que notar, sin embargo, que esta pregunta no se da en el vacío, es decir, para que A se vea motivado a preguntar justo eso es porque B manifiesta un comportamiento que refleja un estado emocional o psicológico negativo (ya se dijo que las emociones sólo son perceptibles a través de la conducta).

En condiciones ideales, A preguntará por el estado de B con la intención de informarse y saber si es capaz de hacer algo al respecto (si no le interesara el estado de B como para hacer algo, simplemente no preguntaría). Por su parte, B respondería con el consabido “Nada”. ¿Por qué?

La respuesta de B tampoco está motivada por el azar: justo como la pregunta, “Nada” tiene una intención y un propósito. En condiciones ideales, B pretenderá que de hecho no le sucede nada con el objetivo de no preocupar, molestar o inquietar a A, pues, si no fuera así, no se molestaría en fingir, podría ser honesto y plantear el problema desde el principio (a menos que se trate de chantaje emocional).

Nadie ignora a dónde conduce esto: B asegura que no atraviesa por ningún estado negativo, sin embargo, su comportamiento demuestra lo contrario; A podría de nuevo inquirir sobre el estado de B en un intento por mejorar la situación; B seguramente se incomodaría más por las preguntas de A, quien se niega a aceptar lo que le dicen, esto se reflejaría en un comportamiento aun más negativo, lo cual motivaría de nuevo las preguntas de A y su preocupación…

Se observa, entonces, que B se aleja completamente de su intención original: no preocupar, molestar o inquietar a A.

Aun si B toma la decisión que le parece más adecuada: negar que le sucede algo malo, lo que obtiene es algo bien diferente. Esto se debería a que la comunicación no se limita a las palabras. Al asegurar que “no le pasa nada” está enviando un mensaje que es contradictorio con su comportamiento; este mensaje tendrá por supuesto efectos confusos en A: éste percibe que algo malo le sucede a B y se preocupa; si hace como que no pasa nada, atendiendo a las palabras de B, se quedará preocupado y no podrá ayudar; por el contrario, si pregunta “¿qué tienes?”, obtiene una respuesta que lo único que hace es aumentar su preocupación y evitarle ayudar a B.

A está a atrapado en un dilema paradójico: permanecerá preocupado e imposibilitado para ayudar sin importar la opción que elija (preguntar o no preguntar y hacer que no pasa nada). Así, las opciones que plantea el diálogo del principio sólo pueden ser negativas para ambos interlocutores.

¿Qué hacer al respecto? Sólo queda invitar al interlocutor a ser franco desde el principio, de este modo, el problema quedará expuesto y podrá ser confrontado de una manera directa. Pero aunque suena fácil, sin duda no lo es.

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